Lactancia o vagancia en el tren de las seis.

¿Qué puede ser más natural que una madre lactando a su hijo? Con esta pregunta concreta el diario neoyorquino inicia la discusión en sus páginas. El mismo reporte apostilla que “parece una pregunta simple”, y en cierto modo es verdad.

Anímese usted a preguntar lo mismo a una persona que tenga al alcance de la mano y seguramente le dirá que ese acto es ternura a borbotones, esperanza viva, miradas cómplices, conexión entre dos almas, fotografía del amor total.

Sin embargo, la entusiasta fotógrafa australiana Melissa Jean Wilbraham, ha visto con desconcierto el desparpajo en las redes sociales por sus publicaciones de madres amamantando criaturas.

Al grado que su cuenta de Instagram fue cerrada por órdenes superiores. “Está violando las condiciones de uso”, argumentaron.

Muchos ven en estas imágenes un agravio al buen gusto especialmente cuando se encuentran viajando en el tren y un gorjeo sollozante indica que el siguiente cuadro es un pecho suelto calmando el hambre del bebé.

He leído encendidos reclamos contra mujeres lactantes que privilegian ese proceder natural y bendito, porque según dicen “perturba el ambiente de los viajeros”.

Lo ven como algo indecente, como conducta de campesinas tras la jornada de siembra, como “afrenta” a su derecho de ocupar espacios públicos sin escenas de ese tipo. Y dar de mamar, entiendo yo, es un gesto de valor supremo, de entrega sin límites, de asumir la condición maternal a plenitud.

Paradójicamente ese minúsculo renglón poblacional voltea la mirada y calla cuando en la esquina del vecindario alguien vende drogas sintéticas o a bordo del tren realiza un tocamiento indebido aprovechando el bamboleo de la máquina. Ni se inmuta.

New York por ejemplo es una ciudad así, donde encontramos “solitarios” que deambulan “hundidos” en la música de sus audífonos aunque en alguna esquina cruja el dolor o la necesidad.

Por ello, que aparezca una joven alimentando a su hijo de pecho, produce varias reacciones: un momento de relativa pena, comentarios susurrados, airosos reclamos, tipo del agravio digno de condena.

En este proceso de involución que acecha a la sociedad, los buenos modales, la gentileza, la solidaridad, el “feliz tarde”, la indicación de “gracias”, son comportamientos en cierta manera “insurgentes, revolucionarios, cegadores”, chispazos de luz en un mundo que está olvidando como es el amanecer.

Resuelta a aceptar el cierre de su perfil, la joven artista escribió: “Siempre habrá humanos tristes que reporten mis imágenes, pero yo NUNCA dejaré que eso me detenga para celebrar y destacar como algo normal el milagro de la vida”.

¿Qué puede ser más contundente que una chica defendiéndose así?

 

 

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La fe tiene un precio.

Hoy por la mañana hice una diligencia personal en un sitio público donde coincidí con dos personas conocidas. Luego de la charla inicial, saludo y “actualización” de nuestras vidas, llegamos al tema de la fe.

Pregunté cómo les parece el ambiente aquí en la comunidad para declararse creyentes en Cristo, a lo que respondieron, uno tras otro, que “muy fácil, porque podemos ir a la iglesia, leer la Biblia, reunirnos en grupos familiares sin problemas”.

Las respuestas fueron como yo las esperaba, sin complicaciones, francas, espontáneas. Entonces les comenté que en ese mismo instante, miles de personas estaban siendo perseguidas hasta la exclusión, el destierro y la muerte por confesar a Jesús en su corazón.

Grupos rebeldes intentan acallar las voces, acabar con toda semilla de cristianismo e instaurar su credo a golpe de atrocidades en Somalia, Yemen, Siria, Kenia, Irak y Afganistán, entre otras naciones.

Esta semana, las agencia de noticias dieron cuenta del fatídico final de 12 personas que fueron arrojadas al mar Mediterráneo, mientras navegaban en una endeble embarcación desde Libia a Europa.

Tras el desembarque, la policía italiana logró detener a varios responsables de la cruel acción y calificó el hecho como “odio religioso”.

Al comparar la atmósfera en uno y otro lado, rápidamente descubrimos que nosotros tenemos el privilegio de la libertad de culto, y no lo apreciamos en toda su dimensión.

Así que la próxima vez que sienta desánimo para levantarse el domingo y asistir a la congregación, reflexione en algo puntual: usted y yo tenemos entre manos la licencia para hacerlo, sin amenazas, sin miedo, sin restricciones. Un valioso regalo para celebrar con gratitud.

 

La imparable revolución de las Apps.

Cada día ven la luz del mercado decenas de nuevas aplicaciones que se suman a las que ya conforman la variada oferta en los teléfonos inteligentes. Los usuarios de la tecnología iPhone y Android, reinas de la industria, ya conocemos las múltiples opciones para navegar sin perder detalles de los acontecimientos en noticias generales, moda, tendencias tecnológicas, novedades deportivas, pronósticos en el clima, datos en economía, ciencia y salud.

Recursos como Facebook y Twitter nos ha persuadido sutilmente hasta convertirnos en sus usuarios permanentes y fieles devotos. Quizá usted coincida conmigo en que estamos “retocando” parcialmente la rutina al amanecer.

Además de “batallar” con las primeras luces que traspasan la ventana y articular una breve oración de gratitud por el nuevo día, hacemos algo de manera mecánica: encendemos el teléfono para ver qué cosas han escrito “nuestros contactos” mientras dormíamos.

Vale decir que, en lo personal, no le veo mayor provecho a publicaciones de uñas recién pintadas, pleitos caseros no aptos para difusión, presumir “el último celular” o pregonar caridades. Eso en realidad no engalana una red social.

Como tampoco el desaliento que traen las informaciones sobre violencia en Honduras, operaciones militares en Gaza, caída de aeronaves en Ucrania, Taiwán y Mali, tráfico humano rumbo al norte, crimen organizado a gran escala, etc., pero entiendo que es parte de la dinámica noticiosa que genera el planeta. Y claro, cada quien es dueño de sus posts. Respetable asunto.

¿Existen alternativas a estas plataformas de conectividad que a menudo “multiplican nuestras tristezas en tiempo real”? Desde luego que sí. Infinidad de  aplicaciones que nos acercan, proveen esperanza, estimulan con palabras de fe, dan posicionamiento global con el GPS, ofrecen técnicas de ejercicio, alumbran con ofertas, en fin, ustedes las conocen y aprovechan mejor que yo.

Somos parte de la gran revolución desatada por hábiles desarrolladores, “cirujanos de la comunicación virtual” que no descansan para mejorar lo que ya consiguieron en buena medida, convertir al mundo en una aldea vibrante al alcance de un clic.

De todos estos grandes aportes a la humanidad creo que debemos sacar algún provecho por analogía. Esas “actualizaciones” que a menudo realizamos en nuestros dispositivos debemos aprovecharlas de forma práctica en la vida cotidiana: Conviene “almacenar” alegrías, “renovar” la licencia de la ética, dar “soporte técnico” a la bondad, “encriptar” la esperanza para que no muera y “conectar el bluetooth” de nuestros deseos colectivos para luchar por un mundo mejor.

¿Está de acuerdo conmigo?

¿Qué hacemos cuando el balón se detiene?

 

Las luces del escenario se apagaron al caer la noche de Río. El griterío y la tormenta emocional fueron dando paso a las nubes de la calma. Miles salieron del coliseo con el sentimiento averiado por la derrota o exaltado por el almíbar de la victoria. El Maracaná había sido minutos antes el ardiente caldo donde se cocinaron los sueños de una magnifica generación de futbolistas alemanes, hoy elevados de nuevo a los exclusivos retablos de los campeones del mundo.

Atrás quedaba la batalla deportiva frente a la escuadra de Sabella, enjundiosa a ratos, con fugaces destellos de inspiración, ineficaz a la hora decisiva de marcar. Con el paso de las horas las terminales aeroportuarias y carreteras incrementaron otra vez el flujo de pasajeros que regresan a sus hogares después de vivir una experiencia inolvidable.

Fortaleza, Natal, Curitiba, Belo Horizonte, Sao Paulo, son algunas de las alegres ciudades que forman el abanico de recuerdos alojados en la maleta de los asistentes al máximo torneo futbolístico. Es el momento de emprender el viaje, de volver a casa, del reencuentro con familiares y amigos que se quedaron para verlo por televisión.

Pero no solo eso, también es el momento de reorganizar la agenda, de hacer números en el presupuesto, de reconectarse con quienes nos rodean, de retomar proyectos inconclusos, de continuar haciendo lo que antes de los partidos era prioridad, de platicar sobre otros temas que no sean alineaciones, jugadas, goles, brazuca, tiempo extra, y penales.

Es tiempo de beber conocimiento en los canales de National Geographic, es tiempo de atender a los niños, de leer párrafos bíblicos inspiradores, de deslizar los ojos por las entretenidas novelas de Pamuk, Allende o Hosseini, de pasear por el campo sin prisas, de esperar la vuelta de la super luna en agosto, de escuchar a un Bocelli graneado de talento, de amar sin medida, de estar agradecidos porque seguimos aquí dándonos cuenta que sin Mundial también se puede vivir.

       

Recolectores de plástico, invitados de honor.

“Cuando hagas banquete,  llama a los pobres,  a los mancos,  a los cojos y a los ciegos; y serás bienaventurado, porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos”. Lucas 14:13-14  

En mi corazón no se ha diluido el efecto de la Navidad, y menos cuando me comentan historias humanas enternecedoras, vibrantes de esperanza por un mundo mejor.

Resulta que al anochecer del pasado viernes nos visitó Marta Nidia, una amiga colombiana de risa larga y charla digna de disfrutar. Ustedes deben conocerla un día de estos, con eso tendrán para saber quién es.

Pues entre servicios de exquisita comida y sorbos de café preparados en casa, derivamos en esos múltiples temas que habíamos dejado de abordar y adormecían en el tintero tras dos meses de no vernos. La menuda caleña, de solidaria estirpe y generosa simpatía, estuvo en su ciudad natal para la época de fin de año compartiendo alegremente con sus familiares y caros amigos.

Allí disfrutó como corresponde al regresar al país, a la cuna, al nido desde donde uno aprende a volar, a articular las primeras palabras, a conquistar el mundo en cada vigorosa remontada. A mitad de camino de su estadía observó con profunda emoción y sin sorpresas que su hermano Octavio organizaba una reunión en casa, por cierto muy singular, fuera de los esquemas tradicionales.

Preparaba la bienvenida a un hombre quien junto a sus dos hijas de 11 y 9 años recoge envases plásticos en aquellas calles surcadas por su carreta y se han convertido en rostros conocidos. Era la víspera de nochebuena. Afuera, medio mundo organizando opíparos banquetes para celebrar con música y carnaval. Adentro, Octavio (60 años) alistaba arroz, papas, salchichas y vegetales con la colaboración de sus más cercanos parientes.

Entonces llegaron sus invitados especiales, sencillos, sin pompa ni traje de pajarita, sin la pretensión más allá de disfrutar un convite sorpresivo e inesperado. Sus miradas exploraban en derredor como queriendo hallar una explicación a tanta generosidad. Y es que así funciona la gracia y la bondad, llegando sin previo aviso, irradiando los cielos de nuestras vidas, diseñando arcoíris de confianza, devolviéndonos la certeza de que un mundo más justo se sazona sobre la calidez del ser humano.

Por eso Marta Nidia mientras nos narra la historia en una noche invernal, exclama elocuentes palabras con un poderoso fulgor en los ojos: “Mi hermano es un ser divino”. Y siempre fue así.

En su condición del mayor de todos asumió de buena gana el papel de protector y guía, idóneo respaldo para su madre en la ardua tarea de crecer, de vivir, de soñar, de permanecer juntos, de triunfar, de hallar el “plus” de la vida, de recorrer la milla extra, de compartir con “los extraños” contra todo pronóstico, tal como lo hizo con esas tres personas que limpian el barrio Brisas de los Andes, en la Cali de sus amores.  

Cuando el hielo irrumpe al amanecer con voz ronca.

Gobierna el silencio y la oscuridad en plenitud. Ni los grillos, si es que hay por estos gélidos rumbos, afinan sus gargantas con tenues silbidos y melodías de cuna. Mientras el reloj declara en su cartilla de navegación que el sol pronto despuntará rompiendo la noche y abriendo sus ojos, nadie espera que la casa se llene de agitación y minutos de desconcierto.

Resulta que entretanto los inquilinos dormían, un diminuto témpano de hielo se formó con sigilo e hizo nido en la tubería de la residencia, delgado caño que por cierto no soporta a las visitas indeseadas. Y entonces, sometido por la presión que ejerce “el congelado visitante”, no puede contenerse y explota, desborda, rompe un pequeño tramo de la pared segundos antes de anegar completamente la cocina, amenazando con llegar hasta otras habitaciones.

Providencialmente una mujer infatigable en el trabajo se ha levantado para los quehaceres; ante sus ojos la corriente y el desafío de proceder con diligencia para atajar tan vigoroso derrame de agua. No tiene mucho tiempo para pensar, despierta rápidamente a los de la casa, toma el teléfono y acto seguido hace lo que debe: llama a alguien que sabe, alguien que puede cerrar la llave, bloquear el suministro y reparar  el escape.

Varios días atrás, otra mujer se enfrenta a la penosa circunstancia de controlar las intrépidas acciones de su hijo que padece el trastorno de la bipolaridad mezclado con déficit de atención e hiperactividad. Grandísimo reto cotidiano que se le está convirtiendo en una roca insostenible, en una creciente saeta que vulnera su corazón de madre. El niño, de magníficos modales y suaves palabras, pasa del gesto adusto a la ira irrefrenable, de la aparente calma a los campos minados de la agresividad. Eso ocurre en un abrir y cerrar de párpados cuando nadie lo espera, sin que intervengan manifiestas circunstancias.

Es un momento difícil para su entorno, su familia, sus amigos, su vida misma; interminables minutos en que la madre, saturada por la impotencia, parece rendirse sin encontrar a quien acudir en medio de la penumbra. Pero suplica a Dios, proveedor de salud y paz. Susurra,  arde en fe, abriga la certeza que un día su llanto se tornará en alegría y gratitud.

Dos historias, dos formas de encontrarse combatiendo en la trinchera. En la primera narración, la protagonista se deja conducir por la vía de la serenidad solo cuando reconoce que lo único que cuenta es ser práctico: debe cerrarse el flujo del agua lo más pronto posible y llamar al fontanero para que proceda a la reparación del tubo averiado.

En la segunda, la señora remonta la desazón y el desconsuelo nombrando a Aquel que oye las palabras antes de ser vocalizadas, Aquel que conoce nuestro dolor y enjuga toda lágrima, ese Dios proveedor de infinita bondad y esperanza.

Es claro que la intranquilidad irrumpió en las horas previas al alba en forma de agua impetuosa, y que la aflicción pretendió arraigarse en el corazón de Rossy, pero lo que desconocen esos escenarios es que basta con invocar a Alguien que sabe reparar y que tiene la solución en la palma de Su mano.

Es asunto de actuar, de tocar la puerta y esperar aunque sean las cinco de la mañana.

Viejas aspiraciones en clave de sol.

Desde pequeños los seres humanos estamos expuestos al arrullo de algún tipo de melodías ya sea en el trino armonioso de la voz de mamá, las baladitas de buenas noches grabadas en viejos discos de 45, en los efectos especiales que producen los pájaros sobre el bosque tupido y en el río que va corriendo feliz rumbo al anchuroso mar.

Incluso las palabras “chiquitas” de una graciosa enfermera pueden amenizar nuestros oídos recién estrenados en el recinto hospitalario, solamente que no podemos recordarlo.

De cualquier forma estamos conectados a los arpegios, al pentagrama, a las vibraciones que nos llevan desde una nota en Do menor hasta un Si enamorado.

Muchos crecen bajo el influjo de instrumentos sonando en los pasillos de la casa ya sea porque allí la música es hábito y pasión o en vista que, durante las andaduras por la ruta del crecimiento, los padres descubren alguna “vena artística” que amerita estimular en la escuela de la localidad.

Y es aquí donde se abren grandiosas oportunidades para aquellos que además del talento cuentan con el respaldo familiar y el acceso a becas que faciliten el estudio. Ciertamente pocas naciones del mundo destinan los recursos económicos adecuados para la promoción de las bellas artes, entre ellas la música.

Eso si, desborda el presupuesto para construir monumentales estadios, puentes sobre ríos inexistentes, edificios tambaleantes “dedicados a la justicia” o pertrechos militares que acechan ferozmente sobre los céspedes de la belleza.

Pues bien, les confieso que uno de mis más efusivos anhelos fue, y es, integrar una de esas magníficas  agrupaciones corales, esas que se mecen al compás de las notas que bajan como vigorosa cascada desde los relucientes pianos y diminutos violines.

A modo de ejercicio familiar junto a mis hermanos Julio, Darío,  Gustavo y Sergio, solíamos disfrutar tardes sabatinas en Santa Bárbara, cantando con entusiasmo mientras Mamá rebosaba de contentamiento por vernos y sentirnos unidos armonizando a capella.

En lo particular alguna vez me miré revestido de emoción y de traje azul, ajustando mis cuerdas “con limón y miel” detrás del telón, saliendo en formación para ocupar mi lugar sobre un iluminado escenario, y una vez iniciada la gala llevando el ritmo con la punta del zapato, moviéndome en perfecta sincronía con los demás integrantes, buscando rostros amigos en la emocionada concurrencia, sintiéndome realizado al modular bajo el apacible influjo de la orquesta.

No es que presuma de virtudes en acordes melódicos o puestas en escena, estoy lejos de eso, ni que al hablar en pasado signifique renunciar a dicha posibilidad, de ninguna manera. Pero si algo me falta por hacer, y lograré una noche de luna, es vocalizar tonadillas en coro, como impelido por el suave viento de mis emociones.

Tres minutos o cinco bastarán para enhebrar mi voz en clave de sol. Y entonces disfrutaré como lo que soy, un niño que se regocija con los sonidos desde la primera canción de cuna.